La paz … ¿De los sepulcros?

Por Roberto Gutierrez
La Oración Por La Paz de San Francisco de Asís que comienza: “Señor hazme instrumento de tu paz: donde haya odio ponga yo amor, donde haya ofensa, ponga yo perdón, donde haya discordia, ponga yo unión…” es a no dudarlo la menos practicada por una población que dice comulgar con las enseñanzas de la fe cristiana.
Diaria y nochemente se escucha por las ondas sonoras, por las voces airadas o se lee en los escritos demenciales la incitación a la violencia, a la intemperancia verbal a la agresión física al desconocimiento de los derechos adquiridos y a la tendencia a “hacer del cuerpo una vaina” como dice la poesía de Indio Duarte.
Como epidemia que corroe el alma, no distingue diferencia sexual, racial, etaria o regional; la sintomatología es, paradójicamente, democrática: todos evitaron en su juventud prestar el servicio militar; en ese empeño sus padres utilizaron el dinero o los favores oficiales para evitar su incorporación o la de sus hijos al ejército regular, fórmula que hoy aplican sus descendientes porque la guerra es buena cuando los muertos lo ponen los “otros”.
Lo paradójico de este dilema consiste en que los máximos predicadores de la guerra con tierra arrasada, los que usan los medios y oportunidades para hablar de patriotismo y exigir sacrificios por la patria, son los primeros en huir del escenario.
Devotos cristianos que en el sacrificio de la misa comulgan por la paz del Señor en medio de los abrazos del vecino son los que, por desgracia, a la salida del sagrado recinto predican conscientes de sus fobias la cita bíblica del Antiguo Testamento “ojo por ojo” que Jesús cambió pidiendo poner la otra mejilla porque sabía que de aplicar ese precepto todos habitaríamos en un mundo de tuertos.
Nadie gana una guerra. Los pacíficos heredarán la tierra, son las palabras del Señor.
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